10 abril, 2008

Trapitos al sol por Juan XXII


Desde que la Iglesia Católica se fundó hubo Papas asesinos, genocidas, envenenadores, descuartizadores, inquisidores, simoníacos[1], nepotistas[2], sobornadores, codiciosos, corruptores de menores, perseguidores de brujas, heresiarcas[3], prevaricadores[4], vendedores de cargos eclesiásticos, ladrones, parranderos, concubinos, violadores y abusadores de peregrinas, casadas, viudas y doncellas; Matriarcas engendradoras de Papas, Papas hijo de Papa, Papas sobrino de Papa, Papas hermano de Papa, Papas tío de Papa y Papas nieto de Papa, etc.
La lista de calificativos y adjetivos puede ser interminable, pero lo cierto es que, como vicarios de Cristo, ejercieron su poder e influencia sobre toda la cristiandad. Algunos duraron muchos años en el papado, otros no llegaron a su coronación, pero cada uno dejó su marca en las historia, ya sea para bien o para mal.
Desde la perspectiva de nuestros tiempos parecería que no hubo Papas buenos ni malos. Solo peores. Pero hay que tener en cuenta el contexto histórico donde ocurrieron los hechos.

Hay un dicho popular que afirma “una acción mala tapa diez buenas” y sobre cosas malas hubo un Papa que sobresalió y superó incluso a sus predecesores.
Jacques Duèze, alias “Juan XXII de Aviñon[5]”, hijo de un zapatero de la localidad francesa de Cahors, estudió teología y leyes en su ciudad natal, en Montpellier y en París, para después convertirse en profesor de Derecho en Toulouse.
Luego de una carrera prometedora siguió ascendiendo en la jerarquía eclesiástica hasta que lo eligieron Papa en 1316.

A) Fue ampliamente conocido por firmar tratados respetando la letra pero violando el contenido;
B) Repartió puestos eclesiásticos entre su parentela, incluyendo a su hijo.
C) Supersticioso como pocos y amante de la astrología estudiaba las cartas astrales de sus enemigos, comparándolas con las propias, para actuar en los momentos en que los astros estuvieran a su favor.
D) Para solventar los gastos papales estableció una constitución sobre las “taxae sacrae paenitentiariae”, donde especuló con los pecados de los religiosos.
Un ejemplo simple de esta norma impositiva fue:
Si un eclesiástico comete pecado carnal, con una monja, con una pa­riente, o incluso con una mujer cualquiera (porque también esto sucede), podrá obtener la absolución con sólo pagar sesenta y siete liras de oro y doce sueldos;
Y si comete actos bestiales, deberá pagar doscientas liras, pero si sólo los comete con niños o animales, y no con hembras, la multa se reducirá en cien liras. (Aclaremos esta cuestión; Niños varones y animales machos es mas barato. Qué hipócrita, ¿no?, no vaya a ser que estas cuestiones les manche la hoja de entrada al cielo).
Y una monja que se haya entregado a muchos hombres, ya sea al mismo tiempo o en distintas ocasiones, fuera o dentro del convento, y que después quiera convertirse en abadesa, deberá pagar ciento treinta y una liras de oro y quince sueldos...
Estas medidas revolucionarias lograron que el hasta entonces enclenque tesoro de San Pedro engordara sus arcas como garrapatas prendida a un perro paralítico.
Amante del esplendor se mando a construir un pala­cio con lujos que antes sólo podían atribuirse al emperador de Bizancio o al Gran Kan de los tárta­ros.
Sus congéneres lo apodaron el “Rey Midas”, por que todo lo que tocaba lo convertía en oro, y lo guardaba en sus arcas en Aviñon.
Con sus excesos financieros se ganó la enemistad de los franciscanos seguidores de la “pobreza apostólica[6]”, entre ellos se encontraba el famoso filósofo nominalista inglés Guillermo de Occam, a quien excomulgó y obligó a buscar refugio en la corte de Luis IV de Baviera.
E) Emitió una bula declarando que el sagrado derecho a la propiedad precedía a la caída de Adán y Eva y que en el nuevo testamento Cristo sí tuvo bienes.
Apoyado en su teoría acosó, persiguió, excomulgó y masacró una infinidad de seguidores de “sectas mendicantes”, a los cuales acusó de herejía[7]. Entre ellos, por supuesto se encontraron los franciscanos “espirituales”;
F) Como si fuera poco, a nuestro vicario de Cristo se le ocurrió sostener, que los justos no verían el rostro de Dios luego de su muerte (Visión Beatífica).
Esta última teoría, expresada en su época, tuvo el mismo efecto que apalear un panal repleto de abejas africanas.
En respuesta a tanto atropello ya lo iban a condenar sus enemigos por herejía, en un concilio general que le estaban armando, cuando se murió. ¿Se animan a adivinar quienes se lo iniciaron?... Pues sí, los Franciscanos.

Juan XXII en su innovadora interpretación del Apocalipsis (versículo noveno - capítulo sexto) afirmó que los santos, inmediatamente después de la muerte, no verían el rostro de Dios en su esencia hasta el momento del juicio final. Su visión escatológica también afirmó que ni el cielo o el infierno estaban abiertos.
Esto significó que todos los santos, sobre los cuales se fundaron las órdenes católicas y sirvieron como ejemplo de virtud y devoción para toda la cristiandad, estaban flotando, junto a las almas de los impíos, herejes y demonios, en un estado de inconsciencia indefinida hasta el incierto momento del fin de los tiempos. ¿Dónde?, Bajo el altar de Dios.
También le pinchó el globo a los vendedores de reliquias religiosas quienes movían fortunas con su comercio.
En su lecho de muerte y en presencia de sus cardenales se arrepintió respecto de la visión beatífica. (Tal vez se estuviera sintiendo santo).
Para los que se interesen les trascribo algunos fragmentos del planteo teórico de la cuestión, expresado por la pluma de famoso historiador Maurice Druom[8]:

Según sostenía “Los doctores nos aseguran que, después de la muerte, las almas de los justos gozan inmediatamente de la visión beatífica de Dios, que es su recompensa; Pero las Escrituras nos dicen también que, llegado el fin del mundo, cuando los cuerpos resucitados se hayan reunido con sus almas, seremos juzgados en el Juicio Final. Hay en esto una gran contradicción. ¿Cómo puede Dios, omnipotente, omnisciente y perfecto, juzgar dos veces al mismo caso en su propio tribunal y apelar su propia sentencia?. Dios es infalible, e imaginar una doble sentencia por su parte, lo que implica una revisión y posibilidad de error, es a la vez impío y hereje […]. Además, ¿no conviene que el alma no entre en posesión del goce de su Señor hasta el momento en que, reunida con su cuerpo, ella misma sea perfecta en su naturaleza? […].
Los Doctores se equivocan. No puede haber beatitud propiamente dicha ni visión beatífica antes del fin de los tiempos y Dios sólo se dejará contemplar después del Juicio Final […]. Pero hasta entonces, ¿donde se encuentran las almas de los muertos?. Seguramente iremos a esperar sub altare Dei, bajo ese altar de Dios del que nos habla San Juan en el Apocalipsis […].
Porque si el paraíso está vacío eso cambia singularmente la situación de los que son declarados santos o bienaventurados […], pero lo que es cierto para las almas de los justos, forzosamente lo es también para las almas de los pecadores. Dios no podría castigar a los malos antes de haber recompensado a los buenos […]. Actualmente ningún alma habita en el infierno, puesto que no se ha pronunciado la condena. Esto quiere decir que, de momento, el infierno no existe […]. Esta postura concuerda con la intuición, común a la mayoría de los hombres, de que la muerte es una caída en un gran silencio oscuro, una inconsciencia indefinida; una espera sub altare Dei.
[9]”.

Sin duda la historia del cristianismo es una de las más fascinantes, escandalosas y oscuras fases por las que transitó la humanidad, al menos en Occidente. Gracias a los concienzudos cronistas, en sus distintas épocas, podemos llegar a reconstruir fragmentos de un pasado sepultado por los siglos pero aun latente en nuestras vidas cotidianas.
Este culto fue amasando su poderío montado en montañas de iniquidades, pactos turbios, absoluciones simoníacas, reyes sobornados, e incluso puestos a su voluntad o excomulgados.
La Iglesia que conocemos actualmente es el resultado de 2000 años de crecimiento darwiniano y a diferencia de su fundador (Jesucristo) resucitó más de una vez e hizo alardes del dicho “lo que no mata fortalece”.
Desafortunadamente, esta loable institución, se ganó una sombría reputación; No por sus ideales sino por las personas que la condujeron.

Sin embargo los gobiernos y religiones que la precedieron y posteriormente convivieron con ella no fueron mejores.
Hoy los motivos y los instrumentos son distintos, posiblemente más refinados y difíciles de detectar que antaño, pero la ambición y codicia de los hombres no ha menguado.


[1] Compra o venta deliberada de cosas espirituales, como los sacramentos y sacramentales, o temporales inseparablemente anejas a las espirituales, como las prebendas y beneficios eclesiásticos. (Real Academia Española).
[2] Desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos. (Real Academia Española).
[3] Autor de una herejía. (Real Academia Española).
[4] Que pervierte e incita a alguien a faltar a las obligaciones de su oficio o religión. (Real Academia Española).
[5] La sede papal se trasladó a Aviñón (Francia) entre 1309 y 1376 por problemas entre distintos partidos de Italia.
[6] Llamados también “Franciscanos Espirituales”
[7] En Aviñón se han exhibido crucifijos en los que se ve a Jesús con una sola mano clavada, pues con la otra toca una bolsa que cuelga de su cintura, para significar que Él autoriza el uso del dinero con fines religiosos.
[8] Los Reyes Malditos III. Los venenos de la corona. (Ediciones B).
[9] Durante su papado, Jacobo Duèze (Juan XXII) sostuvo hacia la mitad de su pontificado, en diversos discursos y estudios, su tesis sobre la visión beatífica.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

brillante, me divertí mucho leyendelo, soy una impia Señor! Volveré para seguir leyendo el resto. Mis elogios a quien lo escribió...
Pd, si fuese posible llevarlo hasta mi muro de feisbu (evidentemente con permiso y nombre de autor) nos divertiriamos más y seríamos un poco más sabios, que buena falta nos hace, a todos en general y a mi en particular...
un saludo fraterno

5:11 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

tendo una curiosidad, el tal Papa fue el inventor de los paraisos fiscales?
otro saludo esta vez amistodo.

5:15 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Está bien que se difunda todo tipo de cultura, pues bien no hace falta, pero deberían poner la bibliografía que han tomado párrafos de ése famoso libro.
Saludos desde la punta norte de latinoamerica.

11:36 p. m.  

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